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martes, 22 de agosto de 2017

CHARLOTTE BRONTË ENTRE EL ROMANTICISMO Y EL FEMINISMO


Charlotte Brontë nació en 1816 en una pequeña localidad del Yorkshire. Su madre murió cuando Charlotte apenas tenía seis años. Su padre, Patrick Brontë, era un clérigo de origen irlandés. Tuvo un hermano y cuatro hermanas, dos de ellas, Emily y Anne, también fueron escritoras.
Cuatro de las cinco hermanas, entre ellas Charlotte, fueron enviadas a un sórdido internado donde, sometidas a las más duras condiciones imaginables, contrajeron la tuberculosis, enfermedad que por entonces constituía una verdadera pandemia en toda Europa, y que a la postre iba a causar la muerte de todas. Charlotte y Emily ingresaron más tarde en otro internado en Bruselas, allí Charlotte se enamoró perdidamente de su tutor, un hombre casado al que no se atrevió a confesar sus sentimientos en persona. Lo hizo ya de vuelta en Inglaterra, en unas apasionadas cartas de amor, que el destinatario rompió, pero que fueron recuperadas después por su esposa y dadas a conocer cuando Charlotte era una escritora de éxito.

El éxito literario fue en su caso inmediato, llegó tras la publicación de su primera novela, Jane Eyre, en 1847. En ese mismo año, Emily publicó Cumbres borrascosas (otra novela de fama universal) y Anne, Agnes Grey.
Tras rechazar al menos otras tres proposiciones de matrimonio, Charlotte se casó en 1854. Apenas pudo disfrutar de su nuevo estado, pues unos meses después, en 1855, falleció de tuberculosis hallándose embarazada del hijo que nunca llegó a tener. Una vida tan tormentosa y desgraciada como la de algunas de las protagonistas de sus novelas.
Charlotte Brontë ocupa, con el permiso de Stevenson en prosa o de Byron en poesía, la cumbre del romanticismo literario en lengua inglesa. Jane Eyre, su primera y mejor obra, ejemplifica y atesora las esencias del género. La novela sin duda está cargada con abundante munición autobiográfica. Su protagonista, igual que la escritora, sufre la dureza del internado en el siniestro colegio Lowood, sufre también la tortura de un amor por un hombre maduro y de mayor posición económica, que debe mantener en secreto, detalle muy probablemente inspirado en el que sintió por su maestro belga. La primera edición se publicó bajo el seudónimo de Currer Bell, y recibió críticas favorables desde el primer momento. Particularmente importantes fueron los elogios del prestigioso William Thackeray.

No pocos han considerado a Jane Eyre una novela feminista o al menos precursora del feminismo. En Bigotini nos abonamos a esta tesis de forma entusiasta. En efecto, salvadas las distancias de la época, la obra respira por todos sus poros la angustia que la falta de independencia económica y jurídica produce en la mujer por el mero hecho de serlo. Esta y otras reflexiones morales que se suceden a lo largo de la narración, sitúan al lector en el registro de un protofeminismo que no por ser más remoto resulta menos intenso. Están a la vez, el tesón, la lucha y el sublime valor de Jane, que ni aun abrumada por el peso de su condición femenina, retrocede un ápice en su fe y en el orgullo de ser mujer. Biblioteca Bigotini os ofrece el enlace (clic en la portada) para acceder a una magnífica versión digital en español de esta gran novela. Espero que la disfrutéis tanto como yo.

Desearía que no pensará en mí como una mujer. Desearía que todos los críticos creyeran que Currer Bell es un hombre, serían más justos con él. Charlotte Brontë.



viernes, 18 de agosto de 2017

EL CASO DEL BUZO QUE NO SABÍA NADAR


Un teléfono sonando de madrugada no presagia nada bueno. Aquella madrugada el mío sonó insistentemente. Por entonces yo era un hombre casado y el teléfono despertó también a mi mujercita. ¡Oh Frank, cariño, quién puede ser capaz de llamar a esta hora!, se quejó bajo las sábanas. Mi jefe me quería en los muelles de Staten Island en media hora. Salí de casa a medio vestir, preguntándome qué demonios habría pasado y quién diablos sería ese Frank.
Cuando llegué ya estaban allí mi jefe, los chicos de la prensa y unas decenas de curiosos. Iluminado por los flashes de los fotógrafos, el forense examinaba el cadáver, un fiambre blanco de mediana edad con un traje completo de hombre rana, gafas de buceo y uno de esos ridículos tubitos de plástico en la boca. Ahogado, fue su dictamen. Ahogado, gado, gado..., repitieron como un eco los chicos de la prensa. Los pulmones están encharcados, explicó el forense. Encharcados, cados, cados..., corroboró el coro de papagayos. El día menos pensado uno la espicha, aventuré esperando la respuesta, y mi jefe aprovechó el silencio sepulcral que siguió para echar a patadas a los reporteros.

Horas más tarde, en el depósito, la desolada viuda no cesaba de repetir entre sollozos, que su difunto marido jamás había tenido un equipo de buceo. Al parecer su guardarropa era más limitado que el vocabulario del correcaminos. Allí mismo la pobrecilla nos hizo una revelación asombrosa: aquel buzo ¡no sabía nadar! ¡Toma!, exclamó mi jefe. ¡Atiza!, exclamé yo. ¡Arrea!, exclamaron al unísono los demás cadáveres del depósito. La viuda se desmayó, mi jefe se encendió un pitillo por el filtro y el encargado de la morgue se arrojó por la ventana. Todavía no puedo explicarme cómo en medio de aquel caos frenético, tuve la suficiente serenidad para darme cuenta de un detalle que hasta entonces había pasado a todos inarvertido: el buzo muerto tenía las aletas y los pies encerrados hasta los tobillos en un pesado bloque de cemento. Mi jefe, que en el fondo era un buen tipo, aunque disfrutara haciéndome la vida imposible, masculló: bfuen trfajo, mfuchacho, mientras intentaba encender el mechero que tenía entre los dientes con el extremo de un cigarrillo apagado, y me ordenó investigar un posible ajuste de cuentas.

La cosa no fue difícil. Mis pesquisas me condujeron a la famosa banda de los encofradores, unos gangsters sin escrúpulos que solían deshacerse de quienes estorbaban su actividad criminal, haciéndoles un pedestal de cemento, y arrojándolos a la bahía del Hudson vestidos con los disfraces más disparatados. En el último año habían ajusticiado de esa forma a dos cowboys, un payaso, un dalai-lama, tres toreros, un supermán, un arzobispo, un cantante de boleros y un Napoleón Bonaparte. Crímenes todos ellos deleznables (acaso con la única excepción del cantante de boleros). El verdadero problema era averiguar quién daba las órdenes a aquellos desalmados, quién estaba detrás de esa siniestra organización. Los tipos estaban relacionados con el negocio de la prostitución, y mi investigación me llevó a un sórdido burdel del Bronx. Hacerme pasar por un cliente corriente me pareció poco original, así que ideé un plan fantástico. Disfrazado de repartidor de cemento, me presenté allí con un enorme bloque al que había practicado previamente unos orificios para introducir los pies. Tal como yo había calculado, aquella innovación les dejó fascinados. Es lo que tiene la tecnología. Un par de tipos de aspecto patibulario me escoltaron con mi bloque a cuestas hasta el despacho del boss. Madame le recibirá en un minuto, dijo uno de ellos, por lo que comencé a sospechar que madame podría ser una mujer.


En efecto, lo era. ¡Qué sagacidad!, pensé con cierta autocomplacencia. Madame era además una belleza rubia con más curvas que una carretera suiza y menos ropa que el armario de un fakir. La rubia era para descubrirse, y la verdad, no se si me descubrí yo mismo o fue ella quien me descubrió, el caso es que al descubrir la trama, me vi descubierto. Descubrió el arma que llevaba oculta y me apuntó con ella. Disparó, vi en su mano el arma humeante, pero descubrí con alivio que la bala había rebotado en mi bloque de cemento. Mi jefe irrumpió en el despacho con otros polis. ¡Cúbreme muchacho!, gritó, pero cómo iba yo a cubrir a nadie después de tanto descubrimiento. Hubo un tiroteo y madame cayó abatida, fin del caso. ¡Buen trabajo, muchacho!, exclamó mi jefe con entusiasmo. Siempre solía decir lo mismo y yo nunca le contestaba. Aquella vez, acaso enternecido al ver como intentaba infructuosamente encenderse un bolígrafo con una calculadora de bolsillo, le respondí: gracias capitán. Él me dijo emocionado: llámame Frank, muchacho, llámame Frank.

Las mujeres son como las traducciones literarias. Si son fieles, no son muy hermosas; y si son hermosas, probablemente no serán muy fieles.



martes, 15 de agosto de 2017

ROBERT BOYLE, EL SABIO ESCRUPULOSO


Este señor con esa impresionante peluca era Robert Boyle, a quien se considera uno de los fundadores de la química moderna. Hijo del aristocrático conde de Cork, Robert nació en Irlanda, en el castillo de Lismore, en 1627. A los ocho años conocía el francés, el griego y el latín. Estudió en Eton y en Génova, y a partir de 1644 se instaló definitivamente en Inglaterra, dedicando todos sus esfuerzos y la considerable fortuna que había heredado a la ciencia. Antes había intentado durante un breve periodo residir en Irlanda, pero desistió por considerar su isla natal un país atrasado y salvaje.
En Inglaterra fue inmediatamente admitido en el selecto club de científicos conocido como el Colegio Invisible, germen de lo que más tarde sería la Royal Society, cuyos miembros se reunían en Oxford y en el Gresham College londinense. Entre sus primeros logros destaca la fabricación de un motor neumático junto con su condiscípulo Robert Hooke. Sus experiencias en este campo le llevaron a formular la célebre ley que establece que el volumen de un gas es inversamente proporcional a la presión que se ejerce sobre él. En su honor se conoce como Ley de Boyle en el ámbito anglosajón, y como Ley de Boyle-Mariotte en el resto de Europa.


A pesar de su enorme contribución a la moderna química científica, Boyle se consideró siempre un alquimista. Estaba convencido de la posibilidad de la transmutación de los metales. Poseía la que acaso fue la principal biblioteca de su tiempo en materia de alquimia y hermetismo. Además consiguió con su influencia en las esferas del poder político, que Enrique IV aboliera la antigua ley que prohibía la creación de oro y plata por procedimientos alquímicos. En física, Boyle investigó sobre la propagación del sonido a través del aire, y también sobre electricidad, densidad, congelación del agua, hidrostática, combustión, respiración, propiedad de refracción de la luz en los cristales y naturaleza de los colores. Aunque estudió muchas obras de medicina y fisiología, su delicado espíritu le impidió llegar más lejos en sus investigaciones, ya que su naturaleza sensible rechazaba las disecciones anatómicas de animales, y mucho menos de criaturas vivas.


El último periodo de su vida estuvo marcado por un creciente retraimiento social y por sus sentimientos religiosos, que llevó al extremo del fanatismo. Estuvo atormentado por el dilema de que el desarrollo de la ciencia tenía un efecto inevitable en la pérdida de fe religiosa. Dedicó sus últimos años a la confección de su obra El Cristiano Virtuoso, que se dio a la imprenta en 1690. En su calidad de presidente de la Compañía de las Indias Orientales, gastó ingentes cantidades de dinero en la evangelización de los desdichados salvajes, contribuyendo a la creación de sociedades misioneras y al establecimiento de misiones en los más apartados lugares del planeta. Muchos de los religiosos enviados al extremo oriente o a las islas del Pacífico, terminaron sus días asesinados o en los estómagos de los antropófagos. También se empeñó Boyle en que la Biblia fuera conocida por todos los pobladores de la Tierra, así que a él se debe que se tradujera a un sinfín de lenguas exóticas. En muchos de esos idiomas las Escrituras sólo han podido ser leídas por los eruditos que las tradujeron, en unos casos porque los hablantes no sabían leer, y en otros porque cuando la traducción quedó terminada, los indígenas que un día hablaron esa lengua habían sido exterminados por sus bienintencionados civilizadores.


Robert Boyle falleció en 1691 en su residencia londinense de Pall Mall, poco después de que muriera lady Ranelagh, su hermana, única mujer de su vida a quien le unió el más profundo amor fraterno. En Bigotini hace ya tiempo que perdimos la fe, así que además de ser unos ateazos del quince, somos bastante menos sensibles que el bueno de Boyle, llegando a veces al extremo de la ordinariez y la barbarie que tanto aborreció el pobrecillo. A pesar de todo, levantamos nuestras jarras de espumosa cerveza brindando por su memoria, echamos un buen trago y después nos limpiamos los bigotes con la manga, ¡hala!

Yo no suelo rezar nunca, pero si estás ahí... ¡sálvame Supermán! Homer Simpson.



sábado, 12 de agosto de 2017

MEDICINA EN LA GRECIA CLÁSICA. CIENCIA Y SUPERSTICIÓN


Si nos atenemos al conocido postulado antropológico, la evolución del pensamiento humano pasa por tres etapas: magia, religión y ciencia. La medicina y el conjunto de lo que ahora llamamos ciencias biológicas, no constituyen ninguna excepción en este sentido. En el Periodo Clásico, el pensamiento mágico dejó lugar al religioso, se produjo una paulatina sacralización de la medicina, que alcanzaría su mayor apogeo en el Periodo Helenístico y durante la romanización del mundo antiguo. Se introdujo la religión de Apolo, que posteriormente iba a quedar plenamente consolidada. Apolo (los sacerdotes de su culto) tomó la medicina bajo su protección inmediata, proclamando a Asclepios, su hijo, como el principal oficiante. Se trata de un hijo ya algo crecido, puesto que desde al menos un milenio antes, era Asclepios la divinidad aquea de los médicos. Los santuarios a él consagrados se convirtieron en lugares de peregrinación, en templos de sanación religiosa, llamada incubattos, incubación.

Quirón instruyendo a Apolo

Los peregrinos enfermos debían pasar la noche en asilos cercanos al templo que se levantaron con esa finalidad. Los dolientes relataban los sueños que habían tenido al sacerdote, quien, teniendo en cuenta esos relatos, indicaba los medios de tratamiento, que generalmente eran también de carácter religioso: plegarias, donaciones, sacrificios... Sacrificios y dádivas de las que naturalmente los sacerdotes y servidores del templo obtenían la parte más sustanciosa. Se practicaban también lo que podríamos llamar tratamientos directos, mediante la imposición de manos, con ayuda de los oráculos (iatromantia, iatromantia o adivinación curativa), o bien en la proximidad de las tumbas de los héroes, a quienes se atribuía, entre otros poderes milagrosos, una importante virtud curativa.


Se comprende que en unas condiciones de higiene y salubridad tan precarias como las que entonces imperaban, fueran frecuentes, y en ocasiones terribles, las epidemias. Se suponía que era el propio Apolo quien las enviaba. Los oficiantes de su culto siempre podían encontrar un fallo que se hubiera cometido en el complicado ritual del servicio al dios, con lo que se facilitaba enormemente el diagnóstico: el rey o el arconte de turno no había puesto suficiente celo en sus ofrendas, o acaso la última res sacrificada tenía alguna pequeña imperfección. El resultado de tales negligencias era la previsible cólera de Apolo y su consiguiente venganza. Las plegarias públicas, con la masificación que puede suponerse, incrementaban aun más el riesgo de contagio. Para hacer cesar las epidemias no había otro camino que aplacar al dios, con lo que se multiplicaban las ofrendas y sacrificios. Más ganancia para el templo y sus servidores. Es esta una máxima que bien podría trasladarse a las religiones “modernas” (si fuera lícito emplear el adjetivo). Los insaciables dioses siempre exigen más de sus devotos. Las religiones “cómodas” terminan fracasando.


Es preciso pues, reconocer que este periodo de sacralización de la medicina estorbó grandemente el progreso de la ciencia médica, cuyos tímidos y remotos orígenes hay que buscar en el periodo aqueo. Sin embargo, no sería justo considerar la sacralización como completamente infructuosa. En primer lugar, mediante el tratamiento religioso a menudo se obtenían curaciones o alivios importantes en procesos de etiología psicosomática, cuando no directamente neurótica, que siempre han sido muy numerosos. La acción psíquica también da sus frutos. Por otra parte, junto a los remedios místicos, se proporcionaban algunos más racionales, que el uso y la tradición oral habían ido transmitiendo a lo largo del tiempo. Era costumbre que peregrinos y residentes intercambiaran información sobre tratamientos y sanaciones. También estuvo arraigada la práctica de tenderse los enfermos en el camino, para que otros viajeros, interesándose por su mal, aconsejaran remedios que conocían por experiencia propia o ajena. En los santuarios de Asclepio los peregrinos agradecidos al favor del dios, solían dejar exvotos, y con la extensión de la escritura, alguna nota explicativa con la descripción de la enfermedad y de la cura. De estas prácticas se beneficiaron no pocos protomédicos que ansiaban instruirse.


Este sería el germen de la medicina científica. En definitiva Hipócrates, el padre de la ciencia médica, era un asclepiade, asclepiade, un servidor del templo en su Cos natal. A partir de su ejemplo y su enseñanza, aunque sin abandonar enteramente las prácticas religiosas y las supersticiones, fue abriéndose paso el racionalismo. Ya en pleno Helenismo y en la primera romanidad del Mediterráneo, muchos médicos bebieron en las caudalosas fuentes de la medicina (y sobre todo la cirugía) egipcia, que en muchos aspectos aventajaba a la greco-romana. Ya sabéis que en Bigotini somos unos fanáticos de la ciencia y evitamos cualquier práctica mágica; no obstante, si algunos de nuestros fieles lectores están empeñados en realizar algún sacrificio a la divinidad, sugerimos como víctimas propiciatorias más adecuadas los billetes de 500 €. Si juntamos un maletín lleno, podríamos preparar una bonita hecatombe, hecatombe en algún paraje montañoso, por ejemplo Suiza. Haced vuestros donativos y nosotros nos encargaremos de todo.

Querido Dios, por primera vez en mi vida las cosas marchan bien. Así que este es el trato: tú déjalo todo tal como está y yo no te pediré nada más. Si te parece bien, por favor, no me des ninguna señal... Eso es, trato hecho. Homer Simpson.



miércoles, 9 de agosto de 2017

BETTE DAVIS, LA REINA DEL MELODRAMA



En sus primeras apariciones, Bette Davis era una jovencita mona (¿qué jovencita no lo es?) pero sin terminar de ser lo que se dice una belleza. Tenía una cara redondita y siempre sonriente, en la que resaltaban los ojos grandes y saltones. Probablemente este exoftalmos, nombre que recibe el fenotipo, se debía a algún trastorno de las hormonas tiroideas no diagnosticado. Así que la pobre Bette parecía condenada a hacer papeles secundarios durante el resto de su carrera. Es lo que habría ocurrido salvo por el pequeño detalle de que la chica era una grandísima actriz.
No perdió ocasión de demostrarlo en todas y cada una de las oportunidades que tuvo, hasta que consiguió construirse una sólida reputación en aquel mundo fantástico que era el Broadway de su tiempo. La Davis, así con el apellido a secas, como la Garbo, como las grandes, dio el salto a Hollywood y accedió inmediatamente al estrellato. Tras una breve y poco exitosa etapa en la Universal, fue fichada por la Warner, productora que en los treinta quería cambiar su imagen sobresaturada de comedias insustanciales, por otra mucho más seria. La Davis sirvió de maravilla a este propósito, protagonizando melodramas como El bosque petrificado, Jezabel, Amarga victoria, La carta, La loba o Eva al desnudo, que consolidaron su reputación de actriz descomunal.
Alcanzó su mayor brillo como estrella en los treinta y los cuarenta. Ya en la edad provecta, fue requerida para actuar en filmes dramáticos tan inquietantes como Canción de cuna para un cadáver o ¿Qué fue de Baby Jean?, pero también demostró sus dotes para la comedia en la inolvidable Un gangster para un milagro de Capra. Ganó dos oscar de la Academia a la mejor actriz por Peligrosa y por Jezabel, pero fue nominada nada menos que en once ediciones de los premios.
Filmoteca Bigotini os brinda aquí el enlace para visionar la versión digital de Cautivo del deseo, uno de sus primeros éxitos, producida por Radio Pictures en 1934. Bette da la réplica en el filme a Leslie Howard, otro actor mayúsculo. Haced clic en la carátula y asomaos al melodrama de los treinta y al magnífico trabajo de la Davis.

Próxima entrega: William Wyller



domingo, 6 de agosto de 2017

DISTANCIAS Y MEDIDAS. CUANDO EL TAMAÑO SÍ IMPORTA


Recordad vuestra infancia. Os resultará más fácil que a mi, que ya la tengo muy lejana. ¿No habéis tenido nunca la fantasía de los mundos infinitos? Representaos un momento toda la inmensidad del universo, las distancias interestelares, la abrumadora magnitud de nuestra galaxia… Imaginad ahora que todo un universo como el nuestro cabe en un minúsculo grano de arena. Si dispusiéramos de un microscopio de suficiente alcance, podríamos adentrarnos en esos mundos que contiene el grano de arena. Quizá en un grano de arena de ese universo hay otro universo aun más pequeño donde otro grano de arena contiene otro universo… La modelo del retrato mira su propio retrato, dentro del cual hay otra modelo igual mirando su retrato que mira… Viene a ser lo mismo. Pero giremos en sentido contrario la rueda del zoom, e imaginemos que también nuestro universo ocupa un minúsculo grano de arena dentro de otro universo, que a su vez no es más que un grano de arena en otro mayor que… Fascinante, ¿verdad?


Este ha sido un argumento recurrente de novelas de ciencia-ficción y diversas fantasías literarias (de esto sabían mucho Jonathan Swift y Jorge Luis Borges). Sin embargo, con los naturales límites de nuestros sentidos y nuestros instrumentos de medida, el universo físico es así en cierta forma. Fijémonos por ejemplo en el apasionante tema de los tamaños y las distancias. En Física, la unidad de longitud es el centímetro (cm), que como sabéis es la centésima parte del metro. En el brillante Siglo de las Luces el metro se definió como “la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre” (el que pasa por París, naturalmente). Como la reproducción del metro patrón basada en esta definición natural tenía muchos inconvenientes, décadas después se estableció definir el metro como “la longitud de un patrón de platino iridiado que se conservaba en la Oficina Internacional de Pesas y Medidas” (de París, naturalmente). En la actualidad se ha renunciado también a esta definición del metro como medición entre trazos, y se admite por la comunidad científica la definición del metro luminoso, a saber: la longitud igual a 1.650.763, 73 longitudes de onda de la luz correspondiente a la radiación rojo-anaranjada emitida por un átomo de gas criptón-86 en un tubo de descarga eléctica. ¡Ahí queda eso!


Si el movimiento se demuestra andando, acaso las medidas se demuestren midiendo, así que aquí os ofrezco una curiosa tabla con las longitudes de diversos objetos y distancias de menor a mayor. Como en muchos casos la cantidad de ceros que seguirían a la unidad es tan abrumadora que ocuparía varias pantallas, me he inclinado por la notación científica con superíndices.

Longitudes expresadas en metros
Núcleo atómico
10-15
Diámetro del átomo de sodio
10-11
Enlace carbono-carbono
1,5 x 10-10
Diámetro del ADN
2 x 10-9
Grosor de un microfilamento
7 x 10-9
Molécula de hemoglobina
10-8
Membrana celular
2 x 10-8
Diámetro de un virus pequeño
3 x 10-8
Diámetro de una bacteria pequeña
2 x 10-7
Longitud de onda de la luz visible
7 x 10-7
Diámetro de una mitocondria
10-6
Diámetro de una bacteria grande
2 x 10-6
Diámetro de una célula hepática de mamífero
2 x 10-5
Huevo de un erizo de mar
7 x 10-5
Diámetro de una ameba gigante
2 x 10-4
Crustáceo pequeño
10-3
Diámetro de un huevo de avestruz
4 x 10-2
Conejo
10-1
Hombre alto
2 x 100 (2 metros)
Ballena azul
3 x 101
Puente de Brooklyn
103
Diámetro de la Tierra
1,3 x 107
Diámetro del Sol
1,2 x 109
Distancia de la Tierra al Sol
1,3 x 1011
Diámetro de nuestra galaxia
1022
Distancia a las galaxias más lejanas
1028


A menudo los números no dan una idea cabal de la realidad de las cosas, y por otra parte, una imagen vale más que mil palabras, así que aquí tenéis una vertiginosa aproximación a lo muy pequeño. El profe os deja. Se siente encoger por momentos, mientras su enorme narizota no deja de crecer.



Mi mujer me dijo: aunque yo prefiero, como tu ya sabes, la del jardinero, por si te interesa pon que estáis a la par, solo que la suya es mucho menos familiar. Y aunque en rigor no es mejor por ser mayor o menor, nunca olvida traerme una flor.  Javier Krahe.


jueves, 3 de agosto de 2017

ADOLFO BIOY CASARES. HUMOR Y FANTASÍA


En 1914 y en Buenos Aires nació Adolfo Bioy Casares, que junto a Borges completa el tándem fantástico de la literatura en español. Hijo de una familia acomodada, siempre se desenvolvió entre la clase alta. Bioy Casares jamás tuvo problemas económicos, y pudo dedicar su tiempo y su esfuerzo por entero a la literatura. A la literatura y a las mujeres, porque nuestro protagonista adquirió pronto una merecida fama de donjuán. En su fallida etapa universitaria comenzó tres carreras sin llegar a completar ninguna de ellas. Le bastó con su esmerada educación secundaria que le permitió dominar el inglés y el alemán, y convertirse en un aplicado lector de todo tipo de temas. Adolfo se casó con la escritora Silvina Ocampo, hermana de la también célebre Victoria Ocampo, y frecuentó desde muy joven a Jorge Luis Borges, naciendo muy pronto entre ellos una gran amistad y una mutua admiración. Ambos fueron además, declarados antiperonistas, lo que no contribuyó precisamente a la popularidad de la pareja en su país. El matrimonio de Bioy resistió a diversas crisis y a sus continuas infidelidades. El hombre tuvo al menos dos hijos naturales que reconoció después.

En su faceta de escritor, Bioy Casares fue un gigante de la literatura. Con excepción de sus primeras y fallidas novelas, que siempre insistió en repudiar, encontró su estilo a partir de la publicación en 1940 de La invención de Morel, que representa el inicio de su madurez literaria y es acaso la primera gran novela fantástica escrita en nuestra lengua. La obra está inspirada en La isla del doctor Moreau, y en su célebre máquina. Con ella Bioy inauguró un género a caballo entre lo terrorífico y lo fantástico, siempre con un importante toque de elegante ironía que lo distingue y le confiere un valor añadido. A esta su primera gran novela, siguieron títulos tan imprescindibles como Plan de evasión, Diario de la guerra del cerdo, Dormir al sol o La aventura de un fotógrafo en La Plata. Bioy Casares fue también un magnífico autor de cuentos y relatos breves, que se publicaron sueltos o reunidos en varias colecciones. Biblioteca Bigotini os propone la lectura de Margarita o el poder de la farmacopea, un relato brevísimo en el que están presentes algunos de los principales rasgos estilísticos de este escritor superlativo. Haced clic en la imagen y disfrutad de su lectura.

No seas amigo de una mujer si puedes ser su amante. Honoré de Balzac.