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martes, 16 de septiembre de 2014

EL QUIJOTE DE AVELLANEDA, UN MISTERIO DE CUATROCIENTOS AÑOS

El próximo año 2015 se celebrará el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote, la inmortal obra de Miguel de Cervantes. Pero precisamente ahora en 2014, se cumplen los cuatro siglos del llamado Quijote apócrifo, publicado un año antes que el cervantino. La efeméride está pasando tan desapercibida como la identidad de su autor, que después de cuatrocientos años sigue formando parte del misterio literario más insondable.
El libro apareció en Tarragona en 1614, vendiéndose en la librería de Felipe Roberto, con el título de Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras. Se añade en la portada que está compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas, que a todas luces es un nombre falso.

Al calor del éxito que cosechó Cervantes con la primera parte de su obra (1605), y alentadas por la tardanza de la prometida continuación, surgieron varias imitaciones, pero ninguna alcanzó la difusión y el aplauso que obtuvo la de Avellaneda. Entre todas las continuaciones apócrifas fue esta la única que realmente hizo daño a Cervantes. Le causó un notable quebranto económico, y sobre todo un importante daño moral, que el inmortal autor acusó en el prólogo y en varios pasajes de su verdadera y ya definitiva segunda parte.


Como han hecho notar los principales cervantistas, hispanistas y especialistas en literatura del siglo de oro, El Quijote de Avellaneda es una obra de notable altura que, aun no pudiendo competir con el genio cervantino, iguala y hasta supera a muchas otras novelas de su época por su frescura, su ácido humor y su calidad literaria. Desde este blog queremos añadir otra virtud de la obra que acaso ha pasado más desapercibida: muy probablemente debemos a Avellaneda (sea quien sea) que Cervantes publicara la segunda parte de su Quijote. En efecto, Miguel de Cervantes se tomó esta publicación con demasiada calma. Pero a raíz de la gran contrariedad que le produjo la obra de su adversario, se empleó a fondo en la escritura, realizando además grandes cambios en su proyecto. Por ejemplo, Cervantes reconoce explícitamente al comienzo de su segunda parte, que había planeado que Don Quijote y Sancho fueran a las justas de Zaragoza, y sólo por el placer de desmentir al suplantador, los lleva al palacio de los duques, Ebro arriba, donde Sancho obtiene su prometida ínsula, para marchar después hacia Barcelona. Miguel de Cervantes falleció en abril de 1616, unos meses después de la apresurada publicación de su segunda parte. Es lícito suponer que en ausencia del acicate que representó la novela de Avellaneda, acaso la obra más sobresaliente de nuestra literatura no hubiera llegado nunca a su término. Vaya pues desde aquí nuestra gratitud al Quijote apócrifo.


El Quijote visto por Moebius
En cuanto a la verdadera identidad de Avellaneda, se han hecho muchas conjeturas. Hubo un cura en Avellaneda (Ávila) llamado Alonso Fernández de Zapata, que se ha descartado por completo. Los especialistas parecen estar de acuerdo en que el misterioso autor debió ser aragonés o haber vivido muchos años en Aragón, por la abundancia de aragonesismos y giros propios del habla aragonesa que contiene la obra. También se acepta generalmente que o bien se trata de un clérigo o de persona cercana o versada en materia religiosa, y afín a la orden dominica. Se señaló a los hermanos Argensola (Bartolomé y Lupercio Leonardo). También fue sospechoso Pedro Liñán de Riaza, aragonés amigo de Lope de Vega. Según los defensores de esta teoría, Liñan escribió la mayor parte del libro, pero murió antes de su publicación, por lo que lo habrían terminado sus amigos Baltasar Elisio de Medinilla y el mismo Lope de Vega, a quien se debería el mordaz prólogo en el que aconseja a Cervantes: conténtese con su Galatea y comedias en prosa, que eso son las más de sus novelas: no nos canse.

Ilustración de Gustavo Doré
Lope y Cervantes, vecinos de la misma calle madrileña, siempre se llevaron mal, existiendo numerosas pruebas escritas de su animadversión, lo que confiere a esta hipótesis cierta verosimilitud. Sin embargo, desde Biblioteca Bigotini suscribimos abiertamente la tesis del profesor Martín de Riquer, nuestro más ilustre cervantista, en el sentido de que tras el seudónimo de Avellaneda se oculta la identidad de Jerónimo de Pasamonte.
Jerónimo de Pasamonte y Godino nació en Ibdes (Zaragoza) en 1553. Desde los 18 años fue soldado, luchando junto a Cervantes en Lepanto, en 1571, y después en las batallas de Navarino (1572) y Túnez (1573). Fue hecho prisionero en esta última, y permaneció durante 18 años cautivo de los turcos, como Cervantes lo estuvo en Argel. Tras muchas penalidades y varios intentos de fuga, fue liberado en 1592, regresando primero a España y marchando luego a Italia, donde escribió sus memorias: Vida y trabajos de Jerónimo de Pasamonte, que permaneció inédita nada menos que hasta 1922. Falleció tras haber profesado como cisterciense, pues era hombre profundamente religioso.


Cervantes y Pasamonte coincidieron como soldados, y todo indica que quizá tuvieron algún encuentro (o desencuentro) durante sus cautiverios. Quizá se vieron también en España. En cualquier caso, no parece que existiera entre ellos mucha simpatía mutua. Por lo que sabemos del aragonés, era un sujeto enfermizo, neurótico y religioso hasta el fanatismo. En cuanto a Cervantes, según sus biógrafos, no era persona de trato fácil. El caso es que Cervantes situó a Pasamonte en su primera parte del Quijote, en una cuerda de presos, en el capítulo 22 de la liberación de los galeotes. Allí le da el nombre de Ginés de Pasamonte y más tarde el de Ginesillo de Parapilla, que hurtó al pobre Sancho Panza su querido asno Rucio. Con este sinónimo voluntario, Cervantes tachó a su antiguo camarada de ladrón y desagradecido, acaso recordando algún episodio bélico o de su común cautiverio. También se acordó de él en la segunda parte, haciéndole representar el papel de maese Pedro el titiritero, que adoptó como fugitivo de la justicia en el episodio del retablo de las maravillas.



Como modesto homenaje a esta obra tan notable y tan injustamente denostada, Biblioteca Bigotini se complace en ofrecer a sus fieles lectores una magnífica versión digital del Quijote de Avellaneda. Está tomada de la Biblioteca Digital Miguel de Cervantes, y respeta escrupulosamente la primera edición tarraconense de 1614. Haced clic en la portada y disfrutad de la sal gorda de su humor despiadado. Advirtamos que el autor (hemos quedado en que Pasamonte) no tiene la menor caridad con los personajes cervantinos (Alonso Quijano y Sancho), que se comportan como un loco y un zafio gañán. Para quienes amamos el Quijote genuino, esto resulta un poco cruel, la verdad. Sin embargo, merece la pena asomarse a esta otra visión, que siendo tan diferente, no carece ni de interés ni de gracia.


Caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese… y no hubo nada. Miguel de Cervantes.